"mariposa, tu eres el alma de los guerreros..."

lunes, 12 de diciembre de 2011

historias de ciudad

Ella aún era una trapecista novata entre sus manos. Acaba de encontrar tierra, exhausta tras su último naufragio. Pero a pesar de los golpes de las olas contra las rocas, caminaba envuelta harta de proclamarse una pirata alegre y feliz cuyas carcajadas llevaba siempre en sus bolsillos.

El era el hombre más triste que caminaba por esta ciudad. Había quemado tantos cartuchos y encendido tantas cerillas que sus pulmones ya no podían fumar más.
Calzaba canas de derrotas y desdichas, la esperanza era negra en su campo y sus ojos azules apagados.

Ella buscaba mariposas hasta debajo de las piedras. Él cabizbajo se había echado a la cuneta del mundo. Pero un día se encontraron. Ella paró en su cuneta a respirar y a pensar por donde tirar pues se sentía perdida. Y ambos se rescataron, entre torpes palabras, y miradas furtivas, él le indicó un camino, ella le dijo que iría por donde le diese la gana, ambos rieron, ella se sonrojó, él atónito recordó lo que era sentirse vivo sus cuerpos se rozaron sutilmente.

Él muy seguro y experto le advirtió “yo ya no me enamoro, no te preocupes”
Entonces ella respiró tranquila y se dejó llevar, atraída por la libertad que encontraba en sus brazos sin cadenas.

Pero las noches de verano trajeron rubores escondidos en sus mejillas
La luna, que nunca se rinde, iluminó sus ojos vivos e infantiles y él tuvo que lanzarse a navegarlos.
Removiendo el vaivén de sus caderas notó como los callos de sus manos se deshacían y en su cuerpo tembloroso no se atrevió a dejar mordiscos, solo pudo acariciarlo muy despacio, con temor a lastimarlo, disfrutando el tímido erizar de su piel redentora, él creía tener una sirena en medio de una ciudad sin mar.

Él se supo rendido ante el ejército de  mariposas que volaban en la sonrisa tímida que ella escondía con ironías que de las que él se hacía el despistado para dejarla ganar.

Ella dejaba el patio abierto a una niña en el recreo de alguien que había olvidado lo que era jugar sin miedo.
Y él se vino abajo acariciando su mejilla mientras y ella agachó la mirada para esconder como tiritaba su escudo. Nunca nadie antes la miró como él.

“Es tan bonita” pensaba él mientras bajaba uno de sus tirantes. Ella se sentía tan libre y a salvo entre sus brazos… y confiada deshizo sus costuras pensando ingenua que no había cabida para el dolor en esta isla sin fronteras. Navegaron, construyeron castillos de arena que luego derrumbaron, corrieron felices por sus orillas, desmontaron y salvaron el mundo tantas veces abrazados…las estrellas se proclamaron celosas de la luz que sus cuerpos juntos irradiaban. Más allá de la apariencia, de la virtud o la decencia, eran más que cuerpos, eran gotas de agua y arena. Trajeron la playa a la ciudad, haciendo el amor en sus acantilados, como dos temerarios.

Cayó la tarde, y volvió la luna, miraban las estrellas entre risas, lejos del futuro, al margen del mundo pero sin olvidar su desdicha, esquivando con giros imposibles las promesas. Y al despedirse él se volvió a mirarla cuando se alejaba, y todas las canciones que escucharon juntos sonaron atronadoras en su pecho, y respiró profundo. Ya no podía negarse la certeza de que el vuelo de su falda era el arco-iris que iluminaba sus devastadores días de lluvia. Ardía entre sus dedos el fuego de su pelo cuando la tenía lejos.
Ella buscaba huecos de sonrisas entre las postguerras que él le contaba. Ella quería ser su paraguas en las tormentas que él amontonaba.

Pero ambos empezaron a intuir la crónica de una muerte anunciada, anticipaban titubeantes el final de aquello que no había apenas empezado, pero decidieron dejar aparcado el mar de dudas construyendo una presa donde solo resonaban el eco de sus gemidos que hacía temblar los cimientos de la las calles más frías y estrechas.

Ya no podía dormir tranquilo a su lado, amarrado a su espalda se sentía derrotado, oliendo su piel,  y el futuro comenzó a empujarle.

Ella era una niña, él un suelo ensuciado y agrietado por los pisotones de la vida, y ella vino a acariciar y limpiar sus heridas y él se dejó hacer, pero ahora no podía vivir sin su aliento, él convirtió la sonrisa traviesa y acobardada que ella le regalaba en su tesoro más preciado. La cuerda hermosa que le ataba a la vida.

Tratando de esconderse entre sus besos tiernos se vino abajo y confesó, y como experto en derrotas que era, mientras le decía que la amaba sus ojos se empañaban antes de esperar una respuesta.
Los temores se hicieron fuego en su pecho al ver sus ojos asustados. Ella quería seguir abrigada por el calor de su pecho, pero era huidiza de promesas, mirando sus ojos quiso salvarle como ya hizo un día pero esta revelación le trajo ecos pasados de rutina, desdicha y cadenas.
 Los escalofríos que él antes había conseguido acariciando su espalda se volvieron garras y ella se encogió, no estaba dispuesta a abandonar su isla conquistada y zarpar en el hermoso barco que él le ofrecía.
Quería seguir asaltando olas de su mano, pero él llevaba un ancla dispuesta a clavarse en su corazón. Y ella fue cobarde.

Una última tarde, se miraron a los ojos, se hizo invierno en verano y ella le dijo adiós. Aguantó firme la despedida, esquivando los puñales que cupido le lanzaba por cobarde, sujetando el temblor de sus lágrimas al contemplar como él asomaba las suyas.
Se abrazaron y las palabras de consuelo se volvieron injustas y desafortunadas ante la certeza de que jamás se volverían a ver. Él se quedó parado mirando como ella se alejaba desdibujándose entre otros cuerpos que eran sombras negras a su lado, notando como todas las flores se pudrían entre sus manos, perdiendo el último suspiro de ilusión que él había gastado con ella y su pelo se volvió más cano de repente. Él  solo anhelaba desaparecer pues sentía como moría la última estrella que en su cielo brilló.

Ella caminaba y sus pasos se iban haciendo más y más lentos. El bullicio de la gente dejó de sonar y solo escuchaba como el corazón que había partido se hacía añicos tras de sí. Parecía que la ciudad entera la señalaba para juzgarla, ella misma se odió y deseó estar en la guillotina de sus manos sabiéndose una cobarde. Ella se consolaba pensando “mejor echar de menos que de más”... lo que entre ellos había florecido era demasiado hermoso como para que el tiempo y la rutina lo marchitasen….pero el vacío de su decisión hizo su cuerpo tan pesado que sus pies arrastraban el peso de un dolor que nunca antes sintió. En ese instante recorrieron su cuerpo todas las caricias que él le hizo, todas las veces que él le pidió que sonriera, y en ese instante ella se juró no volver a sonreír nunca como lo había hecho con él. Nunca sería más ella misma con nadie de lo que lo fue con él y eso tenía que protegerlo alejándose, no dejando que nada lo destruyese…ya nunca sería la misma.

Él aún repasa los rincones de su cuerpo y escucha las mismas canciones. Ella a veces dice su nombre en voz alta para recordar lo que sentía.

Él aún se jura volver a ir a buscarla, pero en el fondo sabe que no lo hará. Ella aún confía en algún día no tener miedo para llamarle pero no lo hará.



Nunca más se volvieron a ver y la ciudad ganó su partida

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