"mariposa, tu eres el alma de los guerreros..."

jueves, 23 de febrero de 2012

VIaje Solidario a Palestina


Viaje a Palestina
 

Israel es una gran potencia  y como tal  cuenta entre sus aliados con EEUU. Eso deja a Palestina en una situación de precariedad y abandono desde el punto de vista internacional, ya no solo porque sus recursos sean más que escasos e inservibles para hacer frente a un gigante como Israel, sino porque esta condición hace que para el resto del mundo Palestina sea un pueblo “inventado” como asegura el sionismo, por el que la comunidad internacional no tiene ningún interés, aún siendo una de las poblaciones con mayor infancia del planeta y donde más se vulneran los derechos de estos.
Es patético escuchar como la ONU denuncia timidamente la violación de los derechos humanos en palestina, cuando es una de las principales responsables de esta situación de genocidio. Denuncia el robo de tierras, pero cada día se roban más, denuncia la tortura a niños en las cárceles, pero cada día se detienen y torturan más niños que van al colegio, construye escuelas, eso sí, pero si Israel las bombardea no hay represalia ninguna. Si Palestina bombardease un colegio de Israel, no como daño colateral, sino como objetivo, cosa que el gobierno israelí hace a menudo, las bombas de la OTAN no dejarían a un palestino vivo.

Es fácil criminalizar al mundo árabe o acusarles de terrorismo pero esta manipulación y los intereses económicos lleva a plantearse hasta que punto al mundo occidental y el imperialismo de EEUU le conviene mantener esta relación entre mundo islámico y terrorismo. Así, es fácil entender como Washington hace lo posible por impedir una negociación entre Israel y Palestina. Israel es el aliado número uno ya que tiene el poder y la responsabilidad de frenar el mundo árabe antimperialista, que hoy por hoy es una de las principales amenazas para Occidente. Y no solo porque, como se encargan de venderlos, sean unos terroristas fanáticos, sino porque les mueve algo más que el poder económico, les mueve la fé, la convicción y el compromiso con la causa, y eso es algo con lo que Occidente no cuenta si no hay capital de por medio.

Israel acusa a los palestinos de educar a sus hijos en el odio, que les convierte en radicales, y por eso niños recurren a la lucha armadas. El sionismo usa este argumento tan pobre para justificar la masacre  y falta de libertad a la que somete a niños en Palestina, especialmente Gaza. Es muy cobarde cargar la culpa al niño que lanza una piedra a un tanque porque ha visto bombardear su casa o matar a su familia. Es triste negar la infancia a un menor y luego culparle por no comportarse como un niño.
Crear la necesidad, el dolor y el sufrimiento y luego acusar de radical al que pretende evitarlo merece como mínimo una pequeña reflexión sobre quien es el verdadero radical o terrorista. Lo que ocurre en Palestina es un genocidio desproporcionado, un holocausto, si se prefiere este término para causar impacto, porque, ellos se llaman colonos, pero, a pesar de la dureza de término, como ya dijo Teresa Aranguren, no se trata de colonización ni de dominación de un pueblo bajo sus directrices, no es eso lo que quiere Israel, Israel pretende negar la existencia de Palestina en la historia, pretende elliminar a su pueblo, pretende exterminarlo por completo. Que los palestinos, o el guetto de Gaza no salga en la filmografía de Hollwood no quiere decir que no estén sufriendo un auténtico holocausto sionista, un holocausto que supera en cifras al holocausto vivido por los judios con el nazismo. Ejemplo más del poder de la manipulación mediática, es genocidio lo que EEUU quiere que veamos como genocidio.


Viaje a Cisjordania

Es fácil sentirse libre, pero no se puede saber lo que realmente esconde este sentimiento si antes no se ha sufrido la negación a serlo.

Entonces viene a mí aquella dependencia del aeropuerto de Ben Gurion en Tel aviv,  tras nuestro viaje a territorios ocupados de Palestina, donde la mediocridad y vulgaridad que trasciende en mis días se puso colorada ante la certeza de lo insignificante y falso que es ese sentimiento de libertad del que tanto he hablado:
Un segundo dura el momento en el que pasas de ser tratado como un ciudadano a ser tratado como terrorista, despojándote de la dignidad y los derechos que caen como los pantalones que te piden que te bajes para registrarte tras haber indagando entre tu ropa y tus cosas.

Israel considera a Palestina territorio terrorista, y temblando en esa sala fría del aeropuerto soy consciente de lo ligero que es para ellos hacer este juicio y de lo eficaz que resulta la política del miedo. EEUU, supongo, que ha sido un buen maestro y el término terrorismo se ha convertido en un filón para desmontar el mundo a su antojo sin crítica posible, por que en fin, ¿quién va a quejarse de un bombardeo si es contra “terroristas”? aunque estos tenga 12 años y su acto fuera acudir a la escuela.
Renunciar a nuestros derechos como ciudadanos libres parece incluso que compensa si el argumento es la lucha contra el terrorismo. En teoría ellos nos protegen de esta amenaza harto explotada, pero mi duda con los pantalones bajados en el aeropuerto de Tel Aviv es, y de ellos ¿quién me protege ahora?

El interrogatorio se convierte en un dedo acusador, unos mapas y unos kuffiyas (pañuelos típicos palestinos que representan la insurgencia y la lucha)  se transforman en mi cabeza y en su intolerancia represora, en armas, en una amenaza. Me lo creo, y ellos más.
                                                                                                                               
Como en el experimento de la cárcel de Stanford, la presión psicológica nos domina y asumimos el rol de sumisión, convencidos de haber hecho algo verdaderamente ilegal. El acusador se transforma en control de la situación y, en definitiva, en poder. El poder que reside en el que domina. Una joven mucho más bajita que yo se vuelve un gigante. Ambas asumimos nuestro papel en este teatro de títeres manejados por una maquinaria superior. Cuando esta empieza a flaquear, y continúan pasando las horas allí atrapada, entra otra mujer, mucho más intimidante, y mientras te pregunta si tienes bombas te pide que te sigas desnudando. Yo tiemblo, y ella se crece.

Cuando confirman que no somos peligrosos, y tras quedarse mi maleta, argumentando motivos de seguridad, vuelta la calma, incluso risas y sarcasmos. Para nosotros, solo una experiencia, para los palestinos, la cotidianeidad, el día a día de lo que supone no ser libre y no contar con derechos.
 El avión despega.

 Y vuelve a mí la reflexión sobre la libertad… o la ausencia de la misma.

Nos hemos creído y tomado ese descafeinado con la intención de despertarnos y activarnos, y le echamos azúcar para adornar la farsa. Así es la libertad del mundo occidental. Nos proclamamos muy libres hasta que descubrimos que con un simple chasquido de dedos se derrumba el castillo de arena. Esta reflexión, este desencanto de mundo, este pesimismo crítico que deja la estela del conocer, de quitarse la venda, se hizo muy presente en este viaje a Palestina.
A veces ser libre es tan inmenso o sencillo, según en que lado del muro de Cisjordania, estés, como reclamar tu derecho a existir, a ser, a estar, sin más.

A veces no tener libertad son esas restricciones que afectan a los imponderables de la vida real, a veces es que cada noche te corten la luz mientras estás leyendo un libro, porque Israel tiene el control eléctrico y se encarga de avisar cada noche que ahí está vigilando y controlando.  A veces es que un recorrido de 5 minutos se convierta en una hora porque los Check Points cortan sus pasos habituales obligándoles a dar un rodeo. A veces es bajarse de un autobús para cruzar de un pueblo a otro para enseñar tu documentación a dos críos judíos que no se preocupan por esconder su escopeta por muchos niños que halla a su alrededor, o que en el parque donde juegan tus hijos paseen soldados armados…

A veces falta de libertad no es que bombardeen tu casa, y cuando la reconstruyen la vuelvan a bombardear, ni que maten en una manifestación a tu hermano, ni que tu hijo sea disparado mientras está en la escuela, ni que construyan casas enemigas donde tu antes tenías tierras, con piscinas mientras piensas que pueden cortar tu suministro de agua, ni que encierren en la cárcel a niños de 13 años a los que sólo les espera el futuro de un arma, niños que pueden pasar años en la cárcel,  donde ls interrogan y les torturan y cuando salen parecen ancianos de 18 años, ni que profanen aquello que rige tu vida, ni que un muro te impida ver las montañas y el color del atardecer en Palestina. Eso no es solo falta de libertad, es falta de vida, de derecho a vivir.


Caminando por las calles de Nablus descubro cómo los niños son el sonido de esta ciudad, que huele a café y especias, y los escombros de la guerra se transforman en una oportunidad de juego. Las explanadas huecas que deja tras de sí el bombardeo son un terreno virgen donde los niños meten su mano para jugar con una paradójica libertad y tranquilidad que han perdido muchas de las calles del mundo occidental acobardado por su miedo. ¿Quién es más libre? Estos niños no necesitan parques acolchados, ni juguetes si quiera.
Me confieso sorprendida cuando las mujeres nos cogen las manos para mostrarnos, en sus baños públicos donde acuden a tratamientos de belleza y relajación,  su más absoluta intimidad, con una sonrisa y predisposición, una falta de tapujos y de vergüenzas que ya la quisieran las mujeres “modernas” occidentales. Nos hacen participes de la vida palestina, entre el calor de su denso y fuerte café. Es el primer día, todo lo comparo con ¿mi mundo?

La iluminación suave de las casas que flanquean el monte de la ciudad, traen serenidad, la serenidad del que espera. Son mucho más cálidas que cualquier decoración navideña y tras esas vistas de los campos de refugiados Askar y Balata despedimos el año. En este campo de refugiados nos acoge la asociación Hewar que como la mayoría de las asociaciones de voluntarios de Palestina destina sus acciones a la infancia, a ofrecer espacios lúdicos y de aprendizaje para los niños tras su jornada escolar, todo para alejarles de la lucha armada a la que muchos se ven forzados por la represión y asedio judío. En Nablus también tenemos la oportunidad de conocer a la socióloga, periodista y miembro del Parlamento Palestino Nayat abu Baker. Con la imagen de la Mezquita de Jerusalén de fondo nos dice que “los palestinos no odian a Israel, odian la ocupación”.
Familias del campo de refugiados nos invitan a comer uno de sus platos típicos. Aparece frente a nosotros un enorme plato de pollo humeante con especias, frutos secos, pan de pita y muchas más cosas que desconozco. Por supuesto hay que remangarse bien para comerlo con las manos. Ellos solo usan la mano izquierda para comer.

Por las carreteras para ir a visitar Jenin entre risas nerviosas descubro que estas personas lo más cerca que están de ser terroristas es desafiando  las curvas en la carretera, con el pie, que parece que les pesa más al tocar el acelerador.
Jenin nos recibe con la escultura de un burro hecho con los pedazos de las ambulancias que atendieron a las víctimas del bombardeo israelí. No quedan ruinas pues el pueblo está reconstruido con la condición de dejar las avenidas suficientemente anchas como para que puedan entrar los tanques judíos. Un estado de alarma permanente. Las ruinas del bombardeo se van, el miedo se mantiene y quedan historias de jóvenes muertos, aquellos a los que los palestinos llaman mártires, que no son más que niños que cogen demasiado pronto un fusil, síntoma del odio que les han brindando, productos de una guerra que ellos no empezaron.
Un joven nos enseña imágenes de la segunda Intifada tras el bombardeo en Jenin, imágenes de su hermano fallecido durante los enfrentamientos con las tropas judías. Me desconcierta el orgullo  palestino por estas muertes, la frialdad con la que nos enseñan sus fotos, pero entonces recuerdo que mi mirada aquí quizás no tiene cabida. Es fácil juzgar para el occidental que se cree libre, para aquel nunca ha tenido el valor de admitir ser esclavo.  ¿Terrorismo, violencia, radicalismo? ¿Alguien tendría valor de hablarles a los palestinos de la alternativa de la lucha pacífica sin avergonzarse? Y recuerdo esa frase: “no odiamos a Israel, odiamos la ocupación.” La violencia aquí no es por odio, la insurgencia responde a una situación de injusticia, defenderse de tanques nunca fue fácil para una población en desventaja. Están protegiendo su vida, luchando por no desaparecer, y cuando eso ocurre, la lucha armada no es que se justifique, es que se hace imprescindible.

Los campos de olivos, fuente modesta de riqueza Palestina y símbolo de la paz, se enfrentan al muro de Bilin lugar donde los activistas plantan cara tras la alambrada al apartheid de Israel que se mantiene vigilante desde las torres de control del muro.  Hay restos de bombas de humo y gas a los pies de la alambrada que dvide Cisjordania. Kilómetros de muro recortando Palestina. Los palestinos saben como es la imagen de una frontera, saben que las fronteras son creaciones humanas de hormigón. Lo saben muy bien. Este muro es el doble de alto y largo que le muro de Berlín, pero evidentemente del que más hemos oído hablar es del segundo, como no.

Tras visitar la tumba de Arafat,  Ibrahim, un niño con gesto serio y sereno toca la guitarra en el campo de refugiados de Aljalazon en Ramallah. Pertenece a la organización Chilhood Cultural Center y Women Activities Center, cuyas acciones son velar por la infancia del campo de refugiados.  En ocasiones han podido organizar campamentos de Verano en España y dar la oportunidad a los niños palestinos a viajar. Así aprendió Ibrahim a tocar la guitarra.  Hace mucho frío y la lluvia recorre las calles sucias, en ruinas de este campo asediado por los asentamientos judíos que les rodean como el cazador que espera paciente.  Se pueden ver en puntos estratégicos flanqueando algunas colinas.

Nos cuentan cómo en una ocasión los soldados israelíes dispararon a un colegio del campo de refugiados y el frío se vuelve un actor secundario. El té caliente no sirve. Ser escéptica quizás me salve y pienso que con suerte no sea verdad, quizás ser víctimas de la pena es su única alternativa para buscar ayuda, pero esto tampoco me consuela, además no me convezco. La cara de la mujer que perdió a su marido, habla por si sola.

Entre el humo de las sisas y el calor de la estufa me siento casi como en casa, un bar de Ramallah se convierte en el verdadero refugio de un campo de refugiados y quejarme por dormir una noche en el suelo le resulta insultante a mi corazón que desde que comenzó esta aventura palpita como hacía tiempo. A nuestro lado presos políticos liberados, algunos de ellos niños, niños que olvidaron hace mucho lo que es ser niño, niños que han pasado años en la cárcel. La autoridad Nacional Palestina, su representación de Gobierno, poco ayuda al pueblo palestino en lo que refiere a presos políticos palestinos. Como excepción en este bar, nos han dejado entrar a las mujeres, por supuesto ninguna palestina entre nosotras.  Se hace evidente que no están acostumbrados a que haya mujeres en este espacio, pero aún así nos tratan con esa cortesía que rebosa en palestina. Es una ofensa para el musulman no aceptar su generosidad,y así es dificil impedir que te inviten, te lleven, te traigan, te den lo que necesites. Es abrumador.
 
Las organizaciones de voluntarios con poca ayuda de las Naciones Unidas y con el apoyo de las asambleas populares de los campos de refugiados son los que luchan por ofrecer una vida digna a los niños y sus familias, quienes sin apenas ayuda logística ni profesional reconstruyen casas.

Los voluntarios nos llevan de un pueblo a otro en sus coches personales, o en sus taxis tapizados y recubiertos de mil adornos. Ir dejando atrás cada ciudad trae pequeñas nostalgias que se hacen eco en los viajes silenciosos.

Nos abrimos paso entre el bullicio de los mercados de Hebron. Una ciudad que aún siendo aplastada por el dominio judio, no han callado sus voces y no se conforman con sobrevivir. Ante la mirada constante del fusil reconstruyen la ciudad adornándola con el eco de todo aquello que perdieron. El Comité de Rehabilitación lucha desde 1996 por reconstruir la ciudad. Los puestos de control de Israel se instalan sobre antiguas escuelas, levantando muros en mitad de sus pequeños comercios, dividiendo la Mezquita de Abraham. La tumba de Abraham está cubierta de basura, que los sionistas arrojan para ofender al palestino creyente.
 Hebron queda dividido y desde una azotea del Comité de Rehabilitación observamos las calles de la zona judía vacías, un cementerio cobra demasiado protagonismo en medio de esa zona y un puesto de control judío sobre la colina mantiene la ciudad en tensión.
Visitamos el campo de Refugiados Al fawar donde mi cámara queda prendada de una niña palestina con un Abrigo Rojo.

Pienso en los portales de Belén que adornan muchas de las casas. ¿Dónde están los campos de refugiados? Aquí no hay visita de los reyes magos. El sonido de los cazas, que pasan a menudo y es ensordecedor, no sale en las historias sobre Belén, tampoco el muro de la vergüenza. Alambradas y hormigón dejan claro la intención de negociación y convivencia del pueblo judío. Pero una vez más, como las mejores poesías que nacen en tiempos de guerra, dibujos y frases abren ventanas a la libertad, los niños jugando a los pies del muro  en Belén, desafían el color gris con el que tratan de tapar su cielo azul. Conocemos la famosa Basílica de la Natividad, y paseamos por los mercados de Belén. El árbol de Navidad adornado en medio de la plaza de Belén nos devuelve al mundo occidental. Belén tiene una presencia turística más presente. Mientras que en Nablus la gente y los niños miraban nuestras cámaras con sorpresa, en Belén pasamos desapercibidos hasta que llegamos al campo de Refugiados alejado del centro de la ciudad.

Youssef ,voluntario , que minutos antes derrochaba humor al volante, se detiene a mirar el hueco que deja una casa bombardeada en el campo de Al Dheisheh. Los daños colaterales de la guerra vuelven frágiles los cimientos de los hogares contiguos. Les prohíben reconstruir aquellos edificios que han bombardeado, más si son familia de algún mártir. Pero nos volvemos a despertar a las 5 de la mañana con la llamada al rezo en el Centro Al phoenix, bombardeado en dos ocasiones, y reconstruido otras dos. Rendirse no parece una opción en Palestina. Las calles de Al Dehisheh recrean las pinturas de Bansky. En el centro de voluntarios Al Phoenix, conocemos a Issa Qaraqi, Ministro de asuntos de prisioneros y ex-detenidos de la ANP y nos cuenta las terribles condiciones con las que se encuentran los presos palestinos y las consecuencias psicosociales a las que tienen que hacer frente cuando son liberados. Nos habla de cómo les prohíben contar con sus símbolos religiosos durante el encarcelamiento, la falta de trato digno a la que se enfrentan cuando pasan días sin comer o les obligan a beber su propia orina.  Encarcelan mujeres embarazadas a las que no les ofrecen asistencia médica. Nos habla de un caso. Una mujer a punto de dar a luz cruzaba uno de los checkpoints en coche. Le obligaron a bajarse del coche, tuvo que esperar tanto tiempo a que los soldados de israel permitieran su paso que se vio obligada a dar a luz allí mismo. Después fue atendida por una ambulancia que llegó tiempo después. Nos cuentan el caso del soldado Israelí detenido en cárceles por Hamás. De cómo los medios internacionales se hicieron eco de este caso, mientras que a diario detienen a muchos palestinos. La mayoría de los voluntarios palestinos que conocemos han sido detenidos por su lucha activa contra la ocupación.

Los taxis alternando banderas palestinas con banderas del Barça o del Real Madrid, cosa que nos llama la atención,  quedan atrás en Jerusalén, donde me siento indigna de contemplar el hermoso brillo de la cúpula de la Mezquita de la Roca que no pueden disfrutar los palestinos.  La mezquita de Ala aqsa a un lado y la cúpula dorada al otro me recuerda cuando en coche los voluntarios palestinos se paraban en un mirador de la carretera a buscar el diminutos garbancito dorado a lo lejos. Ese pequeño destello era el brillo de la mezquita de la Roca tan sagrada para los palestinos y el mundo árabe en general. Entusiasmados vitorean cuando algún rayo de sol la iluminan y la encuentran desde tanta distancia. Se conforman con ese pequeño destello.

Entre los judíos ortodoxos no puedo evitar dejarme llevar por mi empatía  hacia Palestina, y hasta los niños judíos me parecen adultos fríos y extraños con sus trajes negros, caminando como fantasmas por el muro de las lamentaciones.
Vuelvo a sentirme una turista deslumbrada por la historia de Jerusalén, pero deseando volver a campo de refugiados. Aún me sorprende encontrar un control de seguridad que divide barrio musulmán y judío. Cristianos, judíos y musulmanes, la religión gobierna esta hermosa ciudad.  Jerusalén representa su estatus quo con una escalera atornillada en la basílica donde se cree que está enterrado Jesús. Con esto quieren representar que no pretenden que nada cambie.

El reencuentro con los voluntarios de Nablus, Fredy, Mahmud, Ali, etc , en Jerico nos da una tregua de frío. Es lo que llaman el microclima de Jericó. Me sobra el abrigo al conocer a las mujeres del campo Aqbat Jabber que con sus manos no solo cuidan de los niños de Jerico, cuidan de toda la ciudad con una sonrisa hermosa, reconstruyendo edificios, replantando olivos, ofreciendo actividades para niños , mujeres ancianos, adolescentes etc,  desterrando mitos sobre la fuerza de las mujeres musulmanas. No me sorprende el calor que desprende Jerico. Cuesta arriba por el Monte de la Tentación, el joven Alí hace gala de su fuerza física y  alardea de ser campeón de Natación Palestino y profesor de Educación Física en colegios. Los palestinos parecen tener tatuada la sonrisa constante.

A lo lejos vemos las orillas del Mar Muerto, un mar muerto tan cerca a un pueblo tan lleno de vida, Palestina. Y llega la despedida.

Palestina era en mi cabeza sinónimo de guerra, conflicto, lucha armada, terrorismo, bombas, intifadas, muerte… Todos esos aspectos que invaden los medios de comunicación, estas historias que acompañan nuestras sobremesas a diario, algo a lo que estamos acostumbrados e inmunizados, el día a día del telediario. Quizás por eso mi sorpresa reside en la otra cara de Palestina: la de la sonrisa; la de la infancia recorriendo sus calles, como si, paradójicamente, no hubiera nada que temer; la de los olivos adornando los campos; la del olor a especias gobernando los mercados de las ciudades; la de su humor, (los anarcados en palestina solo los deben tomar los hombres pues aumentan su virilidad...jaja); la de su generosidad; la de sus platos de comida rebosando; y sobre todo, la de un pueblo que no lucha por odio, lucha por vivir. Palestina, tan pequeña y tan gigante. Palestina para mí ya no es sólo un lugar de conflicto, son muchos  motivos, y cuando sobran los motivos ¿Cómo no van a luchar hasta con piedras?