"mariposa, tu eres el alma de los guerreros..."

jueves, 19 de febrero de 2015

escribir sin cólera

Nunca me había detenido a cuestionarme como ha de ser ese limbo, ese espacio vacío, ese hueco que se me antoja un agujero negro. Me refiero a escribir sin el dolor que provoca desmenuzar la realidad en busca de una explicación donde el argumento ridículo o absurdo no tenga cabida. Esa búsqueda incesante e inevitable, casi innata que conlleva el ver siempre la sombra gigante, grotesca e inconfundible de un sistema terrible. Siempre suenan esos engranajes, siempre el humo irrespirable, siempre el ruido apretando los tímpanos de esa máquina vil que condena a la miseria a la mayoría del mundo. Como sería escribir sin la frustración sin la indignación y la cólera de ver que quedan muchas, muchos, tantos que parecen infinitos que no alcanzan a ver al gigante, con la de ruido que hace, con la de humo que suelta, no puedo evitar la cólera, ¡No tosen! Cómo controlo el deseo de zarandeo, de decirles, sois estúpidos!, cómo creéis que con una mascarilla, que con tapones, que con gafas opacas, que encogiéndoos en un rincón como un pequeño ovillo invisble va a dejar de atraparos la sombra de la máquina, ¿Cómo? Y de repente algo que me asusta más, quizás me da envidia su capacidad, su, para mí, super poder, mágico, metafísico, ciencia ficción es para mi ese poder, el super poder de la indiferencia. Me asusta que eso me de envidia, pero entiendo que me da envidia porque supone poder escribir sin cólera, sin sensación de mil pies aplastándonos, de mil siglos de derechos robados. Como ha de ser mirar al mundo sin ver la máquina, sin humo, y escribir sobre una gota de agua, sin ser si quiera consciente del sistema que trasluce tras ella. Porque aunque describa los mil colores de una gota y parezca una descripción inocua, neutra, jamás es neutra en mis trazos, en mis dedos, en mis ojos. Pues son los ojos que se arrancaron la venda, y están enrojecidos, me pican… Mi descripción nunca podrá ser la misma de quien lo mira con las gafas opacas. Y me cuesta describir la gota de agua sin indignación, como esos artistas de la vida contemplativa a los que a veces he intentado simular sentándome en medio del campo.          Pero es inevitable, ya me condené, mi condición de mujer con conciencia de clase obrera no puede dejar de hacer metáforas con la primavera y ver en los almendros de febrero como revolución y resistencia. Luego descubro los quieren alternar esa vida contemplativa con cierta indignación y hacen cola con el puño alzado en el puerto para coger un barco que les lleve a una isla lejana, desde la cual se observa la maquinaria, pero no llega el humo, ni llegan los gritos de los que asustados esquivan sus embistes. Se creen revolucionarios por lanzarse a hacer la cola que les aleja, y dicen luchar, pero sin mancharse.  Después están los que se quedan y miran al gigante y le compran un paraguas y dentro del paraguas despotrican murciélagos y cucarachas contra ese monstruo al que ayer le compraron paraguas, al que a ratos cuando nadie miran le sacan brillo para que luzca menos temible.

Supongo que ya nunca más podre escribir  con paz y neutralidad, sin cólera y sin odio, pero es que al fin al cabo eso supondría haber dejado de soñar, y sin soñar  escribir sería una eternidad de hacer listas de la compra. 

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